viernes, 9 de mayo de 2014

Croacia: svakog gosta 3 dana dosta (de cualquier invitado 3 días bastan)

  

Era tradición croata que cuando un soldado partía a la guerra, su mujer o prometida le diese una bufanda estrecha que atarse al cuello. Los franceses, siempre ávidos de nuevas modas, vieron la potencialidad en ese pedazo de tela y así el mundo conocío la "corbata" a mediados del siglo XVII. Croacia ha dado grandes cosas al mundo. Marco Polo, por el cuál todos creímos que la pasta había llegado a Italia directamente de China hasta hace un siglo; Nikola Tesla, padre de la electricidad entre tantas otra cosas como la radio -cuando Marconi se hizo famoso por la invención de esta, Tesla comentó: Marconi es un buen hombre. Dejarlo continuar. Esta utilizando 17 patentes mías".- o el esquiador (una mujer) más exitoso en la historia de los Juegos Olímpicos Invernales, Janica Kostelić. Ah, y no nos olvidemos de las piedras para construir la Casa Blanca. 

Pero si por algo es conocida hoy Croacia es por sus playas paradísiacas y su enorme cantidad de islas. Turismo en masa, pensarían algunos. Pues mira tu por donde, no. Al menos no en Pascua en la zona en la que estuvimos (Istria, una península un poco más pequeña que Mallorca al norte de Croacia). Eso sí, los niños aprenden 4 lenguas en la escuela (Inglés, Croato, Alemán y Italiano) y casi todos hablan al menos tres con asombrosa fluidez. O aquí la gente tiene un don de lenguas o su sistema educativo es mucho más efectivo que el nuestro.

Si tuviera que describir Istria en una palabra sería verde. Allí vale la pena pagar las autopistas solo para verte rodeado de bosques y bosques y bosques. Sería el lugar perfecto para rodar un cuento de hadas. David (mi compañero de piso noruego) se partió de risa porque la primera vez que entramos en semejante belleza, se me ocurrió soltar: "here even the forest seems tidy up" [aquí hasta el bosque parece ordenado]. Porque los árboles tenían algo extraño. No estaban organizados, pero tampoco parecían completamente anárquicos. Era una especie de salvajada equilibrada. Como he dicho antes, algo sumamente extraño.

Si tuviese que elegir una segunda palabra sería limpio. Italia no le llega ni a la suela de los zapatos. Rovinj, la ciudad donde nos alojamos, tiene un precioso centro histórico vestido de blanco. Todo es de este color: suelo, paredes, puertas, ventanas. Así pues, ¿como puede ser que no hubiese una sola mancha? El más profundo de los misterios. El lugar era tan limpio que bromeabámos diciendo que estábamos en un set de película porque era demasiado perfecto para ser real. Seguramente que el lugar estuviese vacío y escuchasemos cada golpeteo de nuestros pies contra las piedras inmaculadas ayudaba a crear esa sensación. Pero si puedo daros un consejo, ir a Rovinj. Si alguna vez decidís ir a Istria, no os alojéis en Pula, la ciudad más famosa, sino en Rovinj. He tenido la suerte y la valentía de haber viajado mucho en estos últimos años, y no puedo cantar más que alabanzas a la belleza de este sitio. 

La semana pasada David, que en un mes habrá acabado la universidad, tuvo que escribir un ensayo sobre algo que sentía que había cambiado desde que llegó aquí. Cuando me dijo lo que había elegido, no pude evitar reírme. Cruda realidad: de ahora en adelante viajar con cualquier persona cuya vida no gire entorno a la comida será aburrido. En Istria estuvimos dos días y medio sin contar las horas que tardamos en ir y volver. ¿Sabeís cuantos productores visitamos? 5. Dos de vino, uno de cerveza, uno de aceite de oliva y otro de quesos de cabra. Para ir a comer a dos restaurantes nos pegamos 40 minutos en coche y me atrevería a decir que lo único no-gastronómico del viaje fue ir a ver el anfiteatro de Pula (el único en el mundo que conserva aún los tres niveles íntegros) y darnos un baño en el mar de paso. Organizabamos lo que ibamos a visitar aquel día según el productor que tocaba, todo lo demás era secundario, extra. Y eramos felices como perdices. Sé que muchos pensarán que así uno se pierde gran parte de lo que la zona presenta, pero también yo podría decir que aquel que solo visita museos y monumentos hace exactamente la misma cosa. Y sinceramente no creo que nadie represente mejor a un territorio que aquellos que producen su comida. 

Para que entendaís a que grado llega el asunto, organizamos el sábado en torno a un festival de espárragos salvajes que prometía ser la monda. Había música, comida y estaba perdido en medio de la nada. No podía llamarnos más. Cuando llegamos, resultó que el supuesto festival eran 5 viejos jugando a la petanca y dos manojos de espárragos. Y empezamos a reír como si nos hubiera dado epilepsia. ¿Sabeís porqué? Porque a James (americano que también venia con nosotros) se le ocurrió comentar que hubiése pasado si en el grupo hubiesemos tenido a alguien no demasiado interesado en comida. Y todos pensamos lo mismo: primero, nos hubiese creído unos locos por querer ir a un estúpido festival de espárragos; segundo, tras días y días de comerle el coco hubiese aceptado a regañientes acompañarnos a semejante evento. Y tercero, nos hubiese odiado a muerte cuando hubiese visto lo que resultó ser el supuesto incríble-imperdible festival. Pero nosotros solo reímos de nuestra estúpidez y pusimos rumbo a la cervecería.

Ahora todos entendeís porque me sorprendo cada vez que vuelvo y la abuela me dice que me ve más delgada. No, abui, o tengo una superpotencia por metabolismo o es físicamente improbable.

En el próximo post os explicaré de los productores que visité.




 








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